domingo, 13 de septiembre de 2009
II
abrió ante mí y a lo lejos vi a Tíbor. Estaba ocupado. La tienda era alargada, rebosaba de clientes, parecía un antiguo mecadillo como los de principio de siglo. Hacía tiempo que no veía algo así. El ambiente estaba cargado de vapor de oxígeno reciclado que salía de unas rendijas del techo y que se mantenía en suspensión. Podía verlo porque la luz verdosa tenue del local diseñaba aquel halo. Muchos tosian marcando un concierto audaz de síntomas de salud medioambientales. Tibor me saludó con la mano resignado por el trabajo que se le acumulaba. No paraba de facturar botes de Oxgen y demás productos que el gobierno vendía a los habitantes de las zonas A, B, Y C. Intuí sus resoplidos bajo su máscara de latex negra. Delante del mostrador, en la cola, una mujer daba de amamantar a su hijo. Un tubo caucho que no parecía muy esterelizado salía de uno de los pezones de la madre hasta un pequeño habitáculo de la mini máscara antigas del bebé que sostenía en sus brazos. Lo arruyaba de un lado a otro cantando una nana hueca que se intentaba escapar por los orificios del depurador de oxígeno de su máscara. Junto a ella una señora mayor que vestía un turbante morado en la cabeza y lo que parecía ser un chatarrero de coches por la indumentaria que llevaba. Sin embargo al entrar me había fijado en un individuo extraño que ahora estaba pasando sospechosamente al otro lado de la tienda. No llevaba una máscara de cara completa, respiraba por una mascarilla que le tapaba solo la nariz y de donde salía un tubo que se metía en una gabardina marrón de lana desgastada
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